OPINIÓN “Donde estamos, ¿somos?”

Martes 03 de Mayo de 2016




Un escrito intimista relatado desde Kuwait. Un texto en el que Celia Quílez se debate entre el uso del transporte público y el privado. Se trata de un acercamiento geográfico bañado por la emoción del recuerdo de su ciudad natal, Barcelona, y, a su vez, por la necesidad de adaptarse a su nuevo hogar, Kuwait.
 


Regresaba de correr por el paseo marítimo de Salmiya. Corrí mis habituales ocho quilómetros. A pleno sol. Eran las once de la mañana. Mes de abril. Las temperaturas comenzaban a subir; treinta y cuatro grados. El tiempo anunciaba una estación de primavera calurosa, como era habitual en estas tierras grabadas con polvo del desierto del Golfo Pérsico. En pocos meses alcanzaríamos los cincuenta grados. Debía comenzar a cambiar mi rutina de ejercicio. Como el año anterior, me adaptaría a las exigencias climáticas. Debía comenzar a correr cuando el sol se pone… cuando las temperaturas son menos dañinas.
Tras esa carrera, me subía al coche. Encendí el aire acondicionado, pero, como para mí era odiosa la sensación del aire cortante que salía del salpicadero del coche, decidí -como siempre- abrir la ventanilla del coche. Una acción contradictoria. Un gasto de energía estúpido -diría mi amiga Eman-. El recuerdo de su comentario siempre hacía que acabara apagando el aire acondicionado y condujera con todas las ventanillas del coche bajadas.
Conduje por la carretera. Quince minutos que siempre se convertían en media hora. Las calles estaban saturadas de coches. La gente, por comodidad -ya fuese por el calor o por la costumbre-, se desplazaba en coche a todas partes. Yo, aun siendo foránea, había copiado la práctica. Me detuve en el semáforo; estaba rojo. Como si de un espejismo de tratase, vi circulando por entre los coches un ciclista. No se trataba del habitual ciclista; ese que sale los fines de semana para entrenar con su traje colorido y su casco de protección, que a gran velocidad se desplaza por pistas secundarias con el desierto a sus espaldas. Este ciclista era distinto; iba vestido con una camisa desteñida, unas bermudas de tela tejana y unas sandalias playeras; no llevaba casco; la bicicleta era vieja, con ruedas grandes y un cesto en la parte trasera. Si bien podía tratarse de uno de los muchos indios hindúes que migran al Golfo en busca de trabajo, que con gesto de dolor y de esclavitud circulan a prisa por las calles andando, en bicicleta o en motocicleta, esta vez, aun siendo hindú, el hombre en cuestión parecía distinto. Transmitía una felicidad contagiosa. Circulaba sonriendo por entre los coches que, como el mío, estaban detenidos a la espera de que el semáforo se pusiera verde.
Y fue esa imagen, esa escena de felicidad extraña, la que hizo que recordara mis años universitarios en Barcelona. Ciudad en la que nací, aunque a temprana edad mi familia y yo nos desplazamos a las afueras, a la comarca del Maresme, para crecer en un ambiente más “sano”; eso decían mis padres. Para cuando tuve que ir a la universidad, mi rutina consistió en un ajetreo constante de ir y venir en tren; de casa a la universidad, de la universidad al trabajo y del trabajo a casa. Trenes, autobuses, metros; y largas caminatas cuando me sentía mental o emocionalmente abrumada. Pocas fueron las veces en que circulé en mi propio coche. La ciudad de Barcelona estaba (y está) diseñada para circular por ella en transporte público y/o andando.
Kuwait es un caso distinto. Una ciudad en la que apenas existe una línea de transporte público; pequeños autobuses que desplazan a los trabajadores de las clases más bajas a sus lugares de trabajo. La primera recomendación que se le hace a uno cuando llega a este país es: “Hazte de un coche”.
Tan sólo tardé tres días. Tres días hasta que dispuse de coche. Y pasado un tiempo, ese coche, un coche cualquiera, se convirtió en un 4x4. Yo, quién había abogado por las ventajas -humanas y ecológicas- del uso del transporte público, estaba, ahora, en este presente inmediato, sentada en mi Toyota 4x4 a la espera de que el semáforo se pusiera verde. Ni siquiera recordaba la última vez que había salido a andar; vagabundear por entre calles conocidas sin rumbo alguno. Ahora “salía a correr”. Corría para no caminar.
Cuando vi circular a ese ciclista, sentí envidia; envidia por una vida que ya no tengo. Aunque también reconozco, con honestidad, que esta nueva vida, en la que circulo en coche incluso para ir a comprar al mercado más próximo, me gusta. Estoy experimentando libertad, independencia, autonomía, seguridad… Las palabras y sus significados se entremezclan. Ahora son confusos.
Y, entonces, ¿qué debo hacer? ¿Prohibirme este nuevo placer descubierto? ¿Acaso puedo recrear esa sensación de ciudadana barcelonesa en esta tierra desierta? Dice el dicho: “Allá donde fueres, haz lo que vieres”. Pero son los rebeldes, los que “no hacen lo que ven”, los que cambian el mundo; ¿para mejor?
Podría deshacerme de mi coche. Y, entonces, ¿ir a trabajar andando? Inviable. Esa sería una decisión tajante; un castigo. Pero también se podría dar el caso de cambiar despacio. Dejar de ir en coche “a todas partes”. Escoger mejor los momentos en los que realmente necesito el coche. Comenzar a caminar de nuevo y dejar poco a poco de correr. Los cambios que realmente perduran -y pese a ser una contradicción- son aquellos que se inician lentamente. Sin tiempo, sin fechas. Tan sólo hoy. Sin sentirnos forzados. Convencidos de la decisión que tomamos. Sin dar explicaciones a nadie. Sin tener que convencer a los demás de que nuestra opción es la adecuada, la modélica, la que se debe seguir. Cada uno seguimos nuestro propio camino. Caminos errantes, pero… vidas plenas de dicha.

Celia Quílez
Jabriya, KUWAIT Abril 2016.

 

 






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