OPINIÓN ¿Por qué (solo) cambiando la dieta no salvaremos el planeta?

Martes 03 de Septiembre de 2019





A principios de agosto vivimos una revolución en el mundo de las noticias relacionadas con la agricultura y la alimentación. Los expertos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC) de la ONU presentaban su informe sobre Cambio climático y usos de la tierra, mostrando el impacto del sistema alimentario sobre nuestra salud y la del planeta.  Alberto Navarro, Foro Redes y Entidades de Custodia del Territorio; Concha Salguero, Trashumancia y Naturaleza; Amaya Sanchez y Celsa Peiteado, WWF España… nos explican que es necesario cambiar la dieta hacia una alimentación más vegetal pero que, sólo con eso, no podremos salvarnos d ela crisis climática.

Los resultados del estudio, que apuntan un futuro demoledor si sucumbimos a la inacción, no fueron sorprendentes para ninguna de las organizaciones que trabajamos en agricultura y alimentación sostenible. Se lleva años alertando sobre la afección al clima de nuestra forma de producir y consumir alimentos en el conjunto de la tierra. Los datos recogidos en el informe son contundentes: utilizamos una tercera parte de la superficie terrestre para producir alimentos, consumiendo un 69% del agua dulce disponible. Esta demanda intensiva de recursos afecta directamente a los pulmones del planeta, causando un 75% de la deforestación y la desaparición de otros ecosistemas de interés, como pastizales o sabanas. Perdemos a raudales el suelo que nos alimenta, con más de 500 millones de personas en el mundo viviendo en zonas desertificadas, mientras llevamos al límite a especies silvestres, como los polinizadores, vitales para obtener la mayoría de las cosechas. Uniformamos nuestra dieta perdiéndose una gran cantidad de cultivos y razas locales, y con ellos el reservorio genético mejor adaptado a nuestras condiciones locales de clima y suelo. Además, todo este sistema alimentario, en su conjunto, causa hasta un tercio de los gases efecto invernadero, creando un círculo vicioso que pone aún más en riesgo nuestra capacidad para seguir produciendo alimentos. El reto al que nos enfrentamos es formidable: alimentar a una población mundial creciente, en un planeta finito acosado por el cambio climático.
Además, hemos creado un sistema alimentario profundamente injusto y desequilibrado. Como señala la propia Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO): más de 800 personas cada día padecen hambre crónica, mientras 1 de cada 8 adultos tiene problemas de obesidad y sobrepeso. Todo esto mientras un tercio de los alimentos acaban en la basura.
Para abordar estos desafíos, los expertos del PICC proponen cuatro grandes temas urgentes sobre los que trabajar en relación al sistema alimentario: 1) Frenar la deforestación y la desertificación, recuperando bosques y otras superficies clave, como los pastos, que a su vez son sumideros de carbono. En países como el nuestro, es crucial el apoyo a una ganadería extensiva sostenible, que ahora se asfixia por la competencia subvencionada de los sistemas cárnicos intensivos “low cost” a costa de nuestra salud y la de los ecosistemas. Hay que recuperar los rebaños en el campo y producir leche, huevos, carne, etc., de manera respetuosa con la naturaleza y el bienestar de los animales; 2) Promover la agroecología que permite alimentarnos respetando los límites de los ecosistemas. La agricultura ecológica, la agrosilvicultura, la diversidad de cultivos y razas y otras prácticas propias de la agricultura mediterránea en abandono -como la rotación de cultivos o la preservación de los pastos para el pastoreo- aparecen señaladas entre las soluciones; 3)Abordar el despilfarro de alimentos, causante del 8% de las emisiones de gases efecto invernadero a nivel mundial. Despilfarro que en los países industrializados, como España, se da mayoritariamente en nuestros hogares, y tarea a la que podemos contribuir individualmente desde hoy; 4) Y adoptar una dieta apropiada, siguiendo las recomendaciones de los expertos en salud. En España, nos alejamos de la dieta mediterránea, doblando el consumo de productos de origen animal, que incentiva modelos ganaderos intensivos, deforestando países terceros y contaminando el nuestro, además de contribuir a agravar amenazas emergentes globales como la resistencia a antibióticos. Una dieta más variada, con mayor ingesta de frutas, verduras, legumbres, cereales, y menos alimentos de origen animal –y que estos que procedan de ganadería extensiva- y apostar por producciones certificadas, como la ecológica, o el sello MSC para productos pesqueros, contribuirán a mejorar nuestra salud y a aminorar los impactos mencionados. Los productos locales, la compra directa a agricultores y ganaderos de alimentos de temporada contribuirán, además, a proporcionarles precios justos y a combatir el despoblamiento rural.
 


Hasta aquí todo correcto. Sin embargo, si no incorporamos en el menú más propuestas de cambios políticos, a promover por administraciones, sector productivo, industria y distribución… el fracaso está asegurado.
Una de las claves es cambiar la Política Agraria Común (PAC), que cuenta con más de un tercio del presupuesto del mayor importador y exportador de alimentos del mundo, la Unión Europea. Y que tiene consecuencias directas también en terceros países debido al modelo de agricultura industrial que principalmente subvenciona. La PAC condiciona de manera decisiva la forma en que agricultores y ganaderos gestionan sus explotaciones y, con ello, parte de las emisiones de gases efecto invernadero del sistema alimentario y nuestra capacidad para adaptarnos al clima cambiante. El modelo de intensificación e industrialización agraria que prodiga es, además, una de las causas principales de pérdida de biodiversidad dentro y fuera de nuestras fronteras, con impactos insostenibles sobre el suelo y el agua.
La retórica verde y social de la PAC no se cumple en la práctica, al haber dejado desaparecer tres millones de pequeñas explotaciones entre los años 2010 y 2013, mientras crecen las grandes, que van concentrando en cada vez menos manos la superficie cultivada. Así, en el 2013, el 52,2% de la tierra agraria en Europa estaba ya controlada por tan solo un 3,1% de los propietarios, promoviendo un modelo productivo que poco tiene que ver con la agricultura y ganadería familiar vinculada al territorio. Un claro detonante han sido los pagos directos por superficie de la PAC que han convertido a la tierra agraria en una anualidad con rentabilidad asegurada, muy atractiva para fondos de inversión de diversa índole con escaso interés en el desarrollo sostenible del medio rural.
Con los pagos sucede algo parecido; en teoría el 60% de las ayudas se destinan a mantener unos ingresos viables para agricultores y ganaderos. Sin embargo, son apenas unos pocos, el 20% de los beneficiarios, los que acaparan a nivel europeo el 80% de las ayudas. Mientras tanto, apenas un 9% del presupuesto total de la PAC se destina a la lucha contra el cambio climático y en cambio un exiguo 1,8% de los fondos irían a promover la producción de alimentos sanos y de calidad.
Los diferentes mecanismos de la PAC no han sabido tampoco abordar cuestiones de gran calado como la grave sangría de la despoblación rural, la falta de relevo generacional en el campo, o el contraste y la cuestionable legitimidad de sus pagos. Así un pastor en la comarca de la Vera, en Extremadura, practicando una agricultura de Alto Valor Natural, puede cobrar unos 90 euros por hectárea de pasto, frente a un vecino productor de tabaco que recibirá más de 1.400 euros por hectárea para un cultivo perjudicial para la salud de las personas y el sistema sanitario en su conjunto.
La PAC, alimentada con nuestros impuestos, debe contribuir al bienestar de la ciudadanía europea promoviendo aquellos sistemas agrarios que producen bienes públicos, y dejar de subvencionar sistemas dañinos, aplicando, como es su obligación, el principio legal de “quien contamina, paga”. La PAC debe seguir la máxima que permita producir “alimentos sanos en ecosistemas sanos”, favoreciendo una transición agroecológica hacia sistemas alimentarios sostenibles. La PAC debe apoyar las propuestas del IPCC en referencia a nuestra forma de producir alimentos.
Con este fin, desde la coalición PorOtraPAC, proponemos un nuevo sistema de ayudas a través de fórmulas que ofrezcan resultados visibles y beneficiosos sobre el territorio, y nuevas formas de gobernanza que lo faciliten, como los contratos territoriales con los agricultores o las ayudas colaborativas para objetivos comunes. Necesitamos una PAC que supere su obsolescencia y deje de ser meramente agraria para ser territorial y alimentaria y que ayude a la UE a cumplir con otras obligaciones pendientes como el Acuerdo del Clima de París, el Convenio de Biodiversidad Biológica o los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
La PAC es una política pública que pertenece a la ciudadanía y debe trabajar en beneficio del bien común. No debemos olvidar que nuestros sistemas alimentarios están intrínsecamente unidos a nuestras culturas, a nuestra historia individual y colectiva y a nuestra identidad y, sobre todo en la zona del Mediterráneo, sujetos a los avatares del clima. Sólo ya por estos motivos necesitamos reconquistar la PAC y ganarla en pro de la sostenibilidad, estabilidad y pervivencia de la sociedad europea. En definitiva, por nuestra propia supervivencia.

Publicado en contrainformacion.es

Alberto Navarro, Foro Redes y Entidades de Custodia del Territorio; Concha Salguero, Trashumancia y Naturaleza; Amaya Sanchez y Celsa Peiteado, WWF España[i]

[i] FRECT, Trashumancia y Naturaleza y WWF España forman parte de la coalición Por Otra PAC. Recomendamos también leer el artículo de reflexión sobre este informe del PICC de Mensa Cívica, también perteneciente a la coalición Por Otra PAC.






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