AL-ANDALUS/JARDINES EN VEZ DE HUERTOS/Una concepción distinta de la labor hortícola…

Martes 19 de Julio de 2022





El legado andalusí permanece todavía en nuestra agricultura, en nuestra gastronomía y en nuestro universo rural. Y no sólo ahí. Pero, en cualquier caso, ahí pervive con mucha fuerza. Más de lo que creemos. Los agrónomos andalusíes eran permacultores agrocecológicos visionarios… Pedro Burruezo nos lo recuerda.

 

 Comer es una necesidad, pero comer de forma consciente y bella es un arte
Francisco VI. Aristócrata, escritor y militar francés. El parisino Francisco VI,


 
El historiador José Manuel Cano de Mauvesin Fabergè ha señalado en sus escritos: “La presencia de huertos y jardines que jalonan el curso de los riachuelos y coronan las cumbres de las antiguas medinas es la que aún podrá transportar al viajero en el tiempo para recrear la estampa romántica que describiese Washington lrving: ‘[…] bellos jardines colgantes, bosquecillos de naranjos, limoneros y granados, elevados cedros y altivas palmeras, mezclábanse con las firmes y almenadas murallas y torres, que permitían adivinar la opulencia y el lujo que reinaban dentro’”. Cano reconoce: “Muy similar debió ser la imagen percibida por los monarcas castellanos cuando el estandarte de la cruz acababa coronando los más elevados baluartes de las poblaciones andalusíes. El paisaje urbano entremezclaba el adobe de los tapiales con la exuberancia de los espacios ajardinados cuyos máximos exponentes comenzaron en la almunia de la Arruzafa y terminaron en la Alhambra. Las innovaciones en la actividad agrícola, unida a los grandes avances en botánica que se experimentaron durante esta época, acabarían finalmente en una transformación artística de la propia naturaleza”.
 

 
LOS HUERTOS ERAN JARDINES
La espiritualidad cristiana, recogida, espartana, creó una visión de la vida muy austera. Sin embargo, no siempre fue así en la península. La espiritualidad islámica no se opone a los placeres, siempre que sean lícitos. Cano añade: “En este sentido, la diferenciación entre huerto y jardín durante el periodo islámico sería prácticamente inapreciable. Sería ya a partir de la Baja Edad Media y de forma más sistemática a medida que se consolidaba el avance cristiano, cuando ambas definiciones acabarían refiriéndose en la práctica a conceptos distintos. El protagonismo que los espacios ajardinados tuvieron en los palacios de al-Andalus se irá diluyendo en beneficio de los cultivos hortofrutícolas donde primará más el sentido de autoabastecimiento que el puramente estético. El aprovechamiento de los recursos hídricos configuró los espacios periurbanos andalusíes dando lugar a las características vegas en las que una continua sucesión de huertas presentaba un espacio agrícola caracterizado por su diversidad y riqueza”. Ética, estética y abastecimiento se unen en el jardín de al-Andalus para proveer al pueblo de alimentos, de belleza y del recuerdo del “yannah” o paraíso, que el musulmán y la musulmana recuerdan constantemente. Y, por ello, lo recrean aquí, en la Tierra.
 
EN LA ACTUALIDAD
Los pioneros actuales de la agroecología, la permacultura, la antroposofía, la agricultura ecológica, etc., sueñan con fincas en las que todo se cruza. Setos de aromáticas para proteger y multiplicar la biodiversidad. Canalillos de agua que se recicla una y otra vez para el bien común, el ahorro y la eficiencia. Bosques comestibles donde la sombra  prové, también, de frutos sanos, saludables y ecológicos. Hoteles de insectos y de aves para  recrear el equilibrio de la naturaleza. Todo esto ya lo inventaron, en su día, los andalusíes. Con una diferencia remarcable. Los sufíes de Occidente, en aquel al-Andalus convertido en vergel, hablaron en no pocas ocasiones de la belleza de la Naturaleza, de la Creación, del cosmos entero, como una forma de revelación, de libro sagrado, recordan el texto coránico y el ejemplo de las tradiciones del profeta. El horticultor-jardinero era, pues, alguien que se adentraba en los misterios de lo divino al tiempo que traía los alimentos al hogar. En la espiritualidad islámica, lo terrenal y lo celestial no están separados. Forman parte de un mismo todo. Así, pues, el jardín era una recreación del paraíso divino que aportaba, al creyente  vivo, deleites sensoriales (la vista, el gusto, el oído, el olfato…) y buenos alimentos con los que alimentarse, nutrirse y empezar a paladear sabores paradisiacos futuros.
 


LA VARIEDAD
La agricultura industrial empobrece la diversidad, la tierra, la gastronomía y el paisaje. La agricultura andalusí, que era más un arte que una labor como se entiende ahora, fomentaba la diversidad. Nos dice el mentado Cano: “La interacción cultural que se dio en al-Andalus propició la llegada de nuevos cultivos y especies que, aunque no eran propias del bosque mediterráneo, acabarían aclimatándose. El arroz, la naranja agria, el limón y la lima, la caña de azúcar, la berenjena, el plátano y el árbol del mango, entre otros, procedían de orígenes tan lejanos como Birmania, el sureste asiático o el archipiélago malayo”. Que eran zonas, efectivamente, donde el islam no llegó gracias a la fuerza ni la espada, sino al comercio, el diálogo y el fomento de la cultura, de la medicina, de la ciencia… No hace falta inventar mucho. Todo se inventó ya en su momento. Sólo hace falta recuperarlo, eso sí, con nuevas claves, con nuevos lenguajes. La diversidad agraria de la que hoy gozamos en Europa, que quieren atrofiar las grandes empresas que monopolizan la vida, tiene su origen, en gran medida, en aquel al-Andalus que hoy olvidan todos… Quien no tiene pasado, ¿cómo va a tener futuro?

Pedro Burruezo






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