OPINIÓN/PEDRO BURRUEZO “Comer ecológico no siempre es comer saludable”

Jueves 02 de Julio de 2020





Burruezo, lejos del talibanismo “bio” pero firme en su ecosofía, nos recuerda que cada vez más personas comen ecológico pero de forma harto insalubre, con demasiadas grasas, azúcares, alcohol, alimentos procesados, etc. Nos recuerda las palabras del maestro Seyyed Hossein Nasr, que nos llama a retomar una senda primordial en nuestra alimentación y en nuestras vidas…

Cuando mi madre nos daba el pan, repartía amor
Joël Robuchon

Dios está entre los pucheros
Santa Teresa


Y allí estaba aquel hombre, presumiendo de barriga y con los mofletes rollizos y encendidos. Se estaba zampando una hamburguesa doble que parecía un rascacielos. Corrían raudos por el pan hacia abajo, y por sus labios y barba, chorretes de grasa a cascoporro (que, según él, resultaba sabrosísima). El tipo, al mismo tiempo, se zambulló en un litro de cerveza para hacer fluir mejor el banquete que se estaba dando. Yo le miraba perplejo. Le acababan de diagnosticar una enfermedad coronaria. El individuo, jocoso y con mucha guasa, me dijo: “Pero si todo es ecológico… Hasta la cerveza…”.
 


 

El maestro Seyyed Hossein Nasr, del que me siento discípulo desde hace años, aunque ya murió hace unas cuantas primaveras, nos llama en su obra a tener una vida consciente en todos nuestros actos. El maestro dejó escrito: “No hay otra alternativa más que cambiar nuestra visión del mundo en su totalidad. No podemos continuar manteniendo una concepción de la vida basada en la separación de la relación entre el género humano y lo divino, y, por ende, entre el género humano y la Naturaleza, como una realidad espiritual. Debemos restaurar esta relación esencial, lo que significa que la visión actual del mundo moderno debe ser descartada. No existe otro camino. Una actitud de transigencia, en esta etapa de la Historia, es la peor clase de traición”. Una de las características que define a la modernidad es la alimentación de sus gentes… Alimentación sin amor, sin ternura, sin artesanía, procedente de procesos industriales, contaminada, dañina, tóxica, capaz de hacer trizas nuestros sistemas hormonales…
Comer ecológico es un paso para restituir el camino del que hablaba Hossein Nasr. Pero yo no me quedaría ahí, sólo en lo “bio”. Tiene que ser saludable y local, también. Y amoroso… De esta forma, estaríamos cumpliendo, en lo práctico y en lo ecosófico, con el continuum de nuestra especie, concepto que dio a conocer la antropóloga Jean Liedolff estudiando a los yekuana amazónicos. Nuestros antepasados siempre se alimentaron con alimentos sanos y saludables y, obviamente, ecológicos, artesanos, elaborados con amor y/o recolectados con un profundo sentido de agradecimiento. Con la sociedad moderna, llega el despipote y la alimentación de nuestra especie se transforma en una agresión continua a los ecosistemas y a la propia salud de los comensales. La alimentación moderna rompe con el continuum de una forma emblemática… Desaparece la gratitud en la mesa y en todos los demás ámbitos de la existencia.
 


 

Ahora mismo, hay una buena parte de la población de Occidente que ha entendido que la agroecología es lo que necesita nuestro planeta para mitigar, en la medida de lo posible, los terribles efectos que causan la agricultura y la ganadería industriales, no solo en el medio ambiente, también en la propia sanidad pública y, por ende, en su erario. Pero restituir la senda ecosófica, bajo criterios de ecología profunda y espiritual, la misma de la que hablaba Hossein Nasr,  significa más pasos hacia adelante. Cuando estamos comiendo una manzana ecológica procedente de un punto lejano, o cuando nos alimentamos con productos orgánicos pero altamente procesados, estamos cometiendo una agresión a los ecosistemas y a nuestro propio organismo. Hossein Nasr nos invitó en su día a entender que todo el universo, incluidos nuestros cuerpos físicos, forman parte del templo cósmico. Agredirlos con hábitos alimentarios insalubres es una traición al futuro y, entre otras cosas, al bienestar de nuestros descendientes.
 


 

Y no olvidemos que, a la hora de comer, hay que ser, nunca mejor dicho, comedido. La hipérbole alimentaria es nociva para la Naturaleza y para nuestro cuerpo. La hipérbole gastronómica es propia de una sociedad, sumida en el despilfarro y en el no valor de las cosas,  que ha perdido todo norte ambiental. La prudencia, por el contrario, es la madre de la ciencia…

Pedro Burruezo es coordinador de El Ecomensajero Digital, músico y compositor, trovador desesperado, aprendiz de sufí y horticultor orgánico

Publicado en El Ecomensajero Digital

 






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