OPINIÓN/PEDRO BURRUEZO “El ecohorticultor enamorado”

Lunes 29 de Junio de 2020






Pedro Burruezo nos sorprende siempre. Siempre va más allá. Con sus textos, con sus músicas y/o también con sus prácticas agroecológicas. Nos dice que, para llegar a ser un buen ecohorticultor, más importante aún que el conocimiento de las técnicas agroecológicas, es estar enamorado de su huerto, de todo lo que le rodea y del cosmos entero, de lo que podemos y no podemos ver…

 

Quedéme y olvidéme
El rostro recliné sobre el Amado
Cesó todo y dejéme
Dejando mi cuidado
Entre las azucenas olvidado

San Juan de la Cruz

Del Amor procedemos
Con él fuimos creados
Así, al Amor tendemos
Y a él estamos consagrados
Ibn Arabi


Soy un ecohorticultor enamorado. Veo a mi Amado en todas las cosas. No hay nada en lo que no Se manifieste. Lo veo en lo visible y en lo invisible. En lo vivo y en lo inerte. En lo micro y en lo macro. En el ruido y en el silencio. En la claridad y en la ceguera. En la alegría y en la tristeza. Le siento profundamente en todas las cosas y, también, obviamente, en el huerto jardín. El Amado era un tesoro oculto que decidió darse a conocer para que Le amáramos. Y, para ello, creó un universo maravilloso y sin parangón. Nuestro mundo está lleno de signos para el que quiere descubrirlos. Pero, en la sociedad  moderna, parece que son demasiados los ciegos. Y esos invidentes guían a otros ciegos. De ahí el mundo en el que vivimos, que se encuentra al borde del colapso. Mientras, los enamorados siguen/seguimos Su camino, ajenos a la realidad, que nada tiene que ver con la Realidad.
 


Clica en la imagen para ver el video “El ecohorticultor que le susurraba a las plantas 
o cuando las amantes del trovador son de color verde…”

 

Lo más importante para ser un ecohorticultor eficiente no es ser un gran conocedor de las técnicas agroecológicas, aunque eso no esté de más, sino estar enamorado. El Amor con mayúsculas, ese al que Ibn ‘Arabi dedicó su vida y su obra, tiene poco que ver con el amor sentimental que adoctrina para una sociedad edulcorada y falsa. A los enamorados les/nos gusta la música, que es el perfumado lecho donde nos arrullamos. Una empresa alemana especializada en productos para la Tercera Edad ha lanzado una nota de prensa curiosa para señalar que “la música es fuente de salud, algo que suele ignorarse, especialmente para las personas mayores. Entre otras cosas, mejora el estado de ánimo, mejora los niveles de interés, alivia el estrés, mejora la motivación, favorece la memoria e incluso disminuye el dolor de las enfermedades crónicas. Puede sorprender que algo tan simple como escuchar música pueda mejorar la calidad de vida de manera tan importante”. Pero no sólo para los ancianos la música es benefactora. La música de las esferas celestes es la banda sonora más perfecta y dichosa. La música humana, si se interpreta con corazón, es también capaz de sanar, de cicatrizar, de apaciguar. Y no sólo a los ancianos.

 


 

Los lectores de Stefano Mancuso sabemos que el mundo vegetal es extraordinariamente complejo y sensible. Los y las místicas medievales también lo sabían. El propio Mancuso ha escrito: “Las plantas son capaces de pensar y son mucho más sensibles que los animales” (vaya dilema para los veganos…). Todo en el cosmos, incluso lo que no somos capaces de ver, está dotado de alma. De hecho, lo peor de la sociedad moderna no es que esté destruyendo el mundo, sino que lo realmente trágico es que quiere destruir el alma del mundo. Entonces, si sabemos que la música es extraordinariamente beneficiosa para los seres humanos, ¿cómo no va a serlo también para los vegetales, dotados, como están, de una gran sensibilidad? Las abuelas saben que los ficus y las hortensias muestran felicidad y alegría cuando se les trata con dulzura y decoro.
 


 

No es habitual que en un curso de agroecología un profesor/a recomiende a sus alumnos/as cantarles a las plantas de su huerto jardín, decirles cosas cariñosas, tratarlas con dulzura, recitar mantras sagrados... Es un profundo error. Porque hoy sabemos que al niño enfermo le sienta mejor el cariño de su madre que el antibiótico y que los nutrientes de la ternura son más necesarios aún que los del alimento. Y sabemos que el anciano está más necesitado de amabilidad y compasión que de pastillas. El enfermo hospitalizado espera como agua de mayo la visita de su esposo/a, de sus seres queridos, más que la del galeno… A los amantes les gusta que los enamorados les digan cosas bonitas y tiernas. Y la vida necesita el Amor. No quiero decir que haya que desdeñar abonar la tierra con métodos ecológicos, controlar las plagas (de forma orgánica, claro), regar de forma adecuada, etc.
 


Lo que quiero decirles es que la dulzura también fertiliza, nutre, protege, alegra e hidrata... Por eso, en nuestro huerto jardín deberíamos ser conscientes de ello y compaginar la inteligencia con la sabiduría. Lo resumió el místico cristiano Nicolás de Cusa, muy influenciado por el sufismo: “La mente sin Amor no puede comprender. La mente sin inteligencia no puede amar”. Necesitamos estas dos condiciones para transformar la Tierra, que ha sido destruida por la sociedad tecnológica, en una ecosfera paradisíaca y adánica, tal como la conocieron nuestros no tan remotos ancestros, que siempre la vieron como una teofanía…

Pedro Burruezo es coordinador de El Ecomensajero Digital, músico y compositor, trovador enamorado, aprendiz de sufí y horticultor orgánico

Publicado en El Ecomensajero Digital
 






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