
CONSEJOS/CONSERVACIÓN DE LOS ALIMENTOS EN VERANO/Evitando las intoxicaciones
7 de julio de 2026
MI HUERTO ECOLÓGICO
LA MEJOR DEFENSA ES UNA BUENA COMPETENCIA
¿Por qué un huerto demasiado limpio de adventicias no es tan positivo?
Siguiendo con sus artículos sobre los beneficios (de diversa índole) que aporta para la salud, el bolsillo y el espíritu el disponer de alimentos del huerto propio, Pedro Burruezo se centra ahora sobre las ventajas para el sistema inmunitario y la salud en general de tener un huerto que no esté especialmente libre de “malas hierbas”.
No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos cultivadores
Víctor Hugo
El huerto de mis vecinos está demasiado limpio de “malas hierbas”. Pero esa competencia no es desleal. Es beneficiosa. Si tus calabazas, calabacines, tomateras, lechugas o remolachas compiten con otros vegetales… están generando defensas. Defensas que tú y los tuyos comeréis. Y os beneficiareis de ellas, como si fueran vacunas (vacunas de las buenas, ¿eh?). Hay un versículo del Corán que es demoledor: “Porque es cierto que, junto a la dificultad, hay facilidad”. O dicho de otro modo: la facilidad genera problemas. Pero la dificultad crea resiliencias de las que aprender. Imaginemos un niño que creciera en un ambiente demasiado aséptico, al que no se le exigiera nada, que jamás tuviera que hacer lo más mínimo para poder disfrutar de su vida. Estaríamos creando un monstruo. ¿No es así? Tanto en un sentido moral como en un sentido fisiológico. Bueno, eso ya está ocurriendo ahora mismo en millones y millones de hogares. De la misma forma, cultivar verduras, frutas, hortalizas… en ambientes demasiado asépticos, relajados, hará que esos alimentos sean pobres en nutrientes y en sustancias que fortalecen nuestro sistema inmunitario. Los problemas nos hacen fuertes. Las vidas demasiado cómodas crean enfermedad mental y física a la larga. Y ñoñería y sentimentalismo: dos de los grandes problemas a los que se enfrenta la Humanidad del siglo XXI. Egos desatados por todas partes. Personas mayores con corazón de niños malcriados. Incapaces de soportar cualquier atisbo de límites a sus deseos, a sus voluntades, a sus anhelos… Tolerancia cero a la frustración. No queremos “malas hierbas” cerca. Hacemos caso a psicólogos de pacotilla. Pero la competencia, bien entendida, nos está haciendo un gran favor. También en el huerto.
POR EL BIEN COMÚN
Creas un huerto orgánico. Te gusta escuchar el susurro del viento y del agua del riego. Pasas el tiempo observando las plantas. Te gusta vivir asentado en los ritmos de la Naturaleza. Tus verduras crecen como dotadas de una sabiduría antigua. En el huerto no hay lucha, pero sí competencia. Y esa competencia no es guerra, sino cooperación en pos del bien común. Cada hoja, cada tallo, ha tenido que tejer su propia armadura. Las hierbas silvestres, esas vecinas indeseadas para el labrador convencional, son en realidad las maestras que enseñan a las plantas a defenderse… para el campesino premoderno (de hoy o de ayer). Y en esa defensa —en el amargo de un alcaloide, en el aroma intenso de un terpeno—, late la esencia de lo que nos sanará. A ti y a los tuyos. No tengas el huerto descuidado. Pero tampoco lo tengas demasiado limpio. No traces líneas rectas. Busca la verdad, aunque sea rara. No hay verdades con ángulos rectos. Eso no existe en la Naturaleza. La tomatera salpicada de algunas hierbas no dolientes, sino vivificadoras, te dará tomates con más sabor, con más nutrientes, con más sustancias beneficiosas, con más antioxidantes… Tírate en un sofá, enciende el televisor y que durante dos semanas no tengas que moverte para casi nada. Eso generará más problemas en ti que beneficios. Dios siempre (o casi siempre) entra por la herida. De la misma manera, la comodidad te hace asiduo del galeno y es patologizante. Porque es patologizante el discurso social, sanitario y político que quieren hacer de ti un parásito acomodaticio. Eso te aleja de tu origen coevolutivo. Y ello te despedaza. Porque, lo quieras o no, a una escala geológica, somos todavía cazadores recolectores. Hemos sido diseñados por el tiempo para cooperar, ayudar, servir, esforzarnos, andar por los caminos, escuchar el horizonte, defendernos de las hostilidades… Pues a las plantas del huerto les pasa lo mismo. No las reduzcas, no las invalides. De su lucha por la supervivencia… tú te beneficiarás.
UN AULA
Tranquilo/a… No hace falta que conviertas tu huerto en un campo de batalla, sino en un aula. Las verduras que conviven con lo que llamamos "maleza" no son víctimas, sino alumnas: aprenden a fortificar sus raíces, a enriquecer sus jugos con sustancias que el cuerpo humano anhela. Cada bocado de esas hortalizas es un verso de una poesía química (en el provechoso sentido del término) y alquímica: antioxidantes que susurran al corazón, fitoquímicos que despiertan al sistema inmunitario como un canto al amanecer. No es casualidad (sí, en cambio, causalidad) que lo que crece entre la adversidad sea más puro, más genuino, más abisal. Ni epicureísmo esclerotizante ni rigurosidad extrema. Ni una cosa ni la otra. Dios no carga a nadie con un peso que no pueda sobrellevar. Pero, si te acostumbras a la vida laxa y sin deberes, sin pesares y sin desplomes, ¿qué te ayudará cuando caigas? Y caerás tarde o temprano… El derrumbe sólo es una cuestión de tiempo. Llegará la enfermedad, la dependencia, el desatino, la atrofia, etc. Ahora, que no eres ni inútil ni dependiente, es el momento de surcar la tormenta de la muerte, para que, cuando el óbito llegue, ya estés sembrado en el camino. Hazte fuerte antes de ser débil. Sé guerrero y sensible a la vez. La rosa y el libro: el nómada andante que, camino a la futuwwa (caballería espiritual, estado de gracia del alma) y a la perfección (ojo: la perfección no es posible, pero sí el camino hacia ella), subsiste/resiste ajeno a las miserias humanas. La adversidad es necesaria, y, como decía el gran Toro Sentado, “eso del dolor es una opinión”. La naturaleza, en su infinita ironía, nos regala lo mejor cuando deja de ser domesticada. Las plantas de tu huerto y tú mismo/a sois parte de un mismo micro y macrocosmos. Así como es abajo así es arriba. Y así, entre el desorden aparente del huerto salvaje, se esconde el decreto más perfecto: el de la vida que se defiende para, al final, defender también al que la consume. Y, por tanto, la vida fluyente, más allá de Disneylandia, crece más fuerte en la adversidad y en lo abyecto y, así, el huerto jardín es capaz de hacer brotar el germen de la resistencia, en el corazón y en la planta, almas y vegetales que serán capaz de dar lo mejor… a pesar del exterior, de lo que las rodea, de las trabas que encontrarán en sus escuetas vidas… Y otra cosa más, también relacionada. La mayor sabiduría del huerto: el compost. La fertilidad que nace de la podredumbre. No hay vida sin muerte. Y no hay belleza sin dolor. Aunque es de noche, tarde o temprano llegará el alba. Aunque tus plantas sean acechadas por “malas hierbas”, te regalarán más pronto que tarde hermosos alimentos saturados de betacarotenos con que reforzar tanto tu sistema inmunitario como tu fuerza para combatir a ese gran enemigo que nos llama a la insensatez: el culto al ego…
AGUA, LUZ Y NUTRIENTES
Tradicionalmente, a las advennticias se las mirado siempre con el ojo “tó torcío". ¿Por qué? Según quien mire, se las considera perjudiciales porque compiten con los cultivos por agua, luz y nutrientes. Pero en los cultivos tradicionales y en los más vanguardistas, a las “malas hierbas” se las considera aliadas, y no sólo por todo aquello que ya hemos comentado unas líneas más arriba. Efectivamente, un buen manejo de las adventicias también tiene virtudes ambientales. Por un lado, protegen el suelo frente a la erosión y conservan la humedad. Por otra parte, atraen insectos polinizadores y fauna auxiliar que ayuda a mantener a raya ciertas plagas. Y, al descomponerse, aportan materia orgánica que nutre la tierra. Como vuelvas a decir “malas hierbas”… te doy una paliza…
Pedro Burruezo





