
TESTOSTERONA II/SEGUNDO ARTÍCULO DEDICAOD A LA HORMONA/Los niveles son alarmantemente bajos en los últimos años y el fenómeno crece…
24 de julio de 2026
SALUD-ESTRÉS-TRAUMAS
DRA CRISTINA PELLICER
“Nos estamos distanciando de nuestra programación biológica”
La Dra. Cristina Pellicer Sabadí es licenciada en Medicina, formada en Cirugía Torácica y especializada en Medicina Integrativa, Oncología Integrativa y Psiconeuroinmunología Clínica. Es fundadora y médico del Institut de Salut i Medicina Integrativa Medicus Gaia en Barcelona. Madre de dos hijos adolescentes, le gusta mucho la montaña, el baile, la música y la lectura.
-¿Cuál es el precio de no escuchar al cuerpo y de qué manera el exceso de estrés se puede manifestar en él?
-El precio de no escuchar al cuerpo es altísimo. Los síntomas son mensajeros que nos indican que algo está fallando, que algo no está funcionando bien, que algún sistema no está optimizado o está funcionando en exceso. El síntoma nos tiene que ayudar a ver qué estamos haciendo, qué no estamos haciendo y qué deberíamos cambiar o añadir a nuestra vida para que el cuerpo deje de quejarse. Es la forma que tiene el organismo de manifestarnos que algo necesita ser atendido. Un ejemplo muy sencillo es el hambre. Cuando aparece en el momento adecuado, después de varias horas sin comer, es una señal fisiológica de que el cuerpo necesita nutrientes y energía. Pero cuando esa hambre aparece en exceso, desaparece por completo o se manifiesta de forma desregulada —como ocurre en personas que siempre tienen hambre o que necesitan comer muy poco y muy a menudo— deja de ser una respuesta fisiológica normal y pasa a ser un síntoma de que existe un desequilibrio. Con el dolor sucede algo parecido. Un dolor agudo suele indicar que existe una lesión en un tejido, un órgano o una parte del cuerpo. Sin embargo, cuando el dolor se vuelve crónico, muchas veces ya no existe esa lesión, sino que permanece una vía de hiperactivación, de alerta y de recuerdo del dolor que también necesita ser regulada. El problema aparece cuando dejamos de escuchar estos mensajes. Entonces el cuerpo tiene que ir gritando cada vez más y llamando nuestra atención con síntomas cada vez más intensos, hasta que el síntoma deja de ser simplemente un síntoma y acaba convirtiéndose, muchas veces, en una lesión orgánica y, finalmente, en una enfermedad.
EL IDIOMA DEL CUERPO
-Aunque el cuerpo hable, ¿hemos olvidado su idioma? ¿Ya no le entendemos?
-En gran medida sí. Nos hemos convertido en cabezas con patas y nos hemos desconectado del cuerpo. Si ahora mismo preguntáramos a muchas personas cómo está el dedo pequeño de su pie, cuál es su temperatura, en qué posición está o qué sensaciones perciben, no serían incapaces de responder. No porque no exista esa información, sino porque nos hemos desconectado tanto del cuerpo que ya no sabemos sentirlo. Y si ni siquiera podemos localizar y sentir una parte de nosotros mismos, difícilmente podremos entender el lenguaje de los síntomas. Lo que solemos hacer es exactamente lo contrario: en lugar de escuchar qué nos está diciendo el síntoma, lo suprimimos. Una persona siente ansiedad y automáticamente recurre a un ansiolítico. Sin embargo, esa ansiedad puede estar pidiendo que paremos, que respiremos, que descarguemos nuestro día a día, que cambiemos la forma en la que estamos viviendo o relacionándonos. Lo mismo ocurre con el dolor. Quizá el origen sea un calzado que nos obliga a caminar mal y termina provocando un dolor de espalda. En lugar de buscar el origen, tomamos un analgésico. O sucede con el insomnio. Muchas personas recurren directamente a una benzodiacepina o incluso a la melatonina sin preguntarse qué está sobrepasando realmente la capacidad de regulación de su organismo. En lugar de escuchar el mensaje del cuerpo, simplemente lo silenciamos.
EL ESTRÉS
-¿Por qué el estrés mantenido puede ser tan dañino para nuestro organismo y nuestra psique?
-Hay que diferenciar el estrés agudo del estrés crónico. El primero empieza y acaba. El problema aparece cuando el estrés se mantiene en el tiempo. En una situación de estrés crónico permanecen activados los sistemas de inflamación, de alerta y el cortisol. A corto plazo el organismo tiene capacidad para compensarlo y recuperar el equilibrio, pero, cuando esa situación se prolonga, acaba perdiendo esa capacidad. Es lo que conocemos como carga alostática: la capacidad que tiene el cuerpo para desequilibrarse y volver de nuevo a su equilibrio. Cuando perdemos esa capacidad empezamos a acumular desgaste. El organismo tiene que buscar continuamente nuevas formas de reequilibrarse, quitando energía de unos sitios para llevarla a otros. Y esos lugares de donde retiramos energía acaban funcionando en déficit. Un ejemplo muy claro ocurre cuando existe una inflamación crónica. En ese momento, la energía se dirige prioritariamente hacia el sistema inmunitario. Esto es beneficioso cuando tenemos una infección, una herida o una gripe, porque necesitamos una respuesta inflamatoria potente para protegernos y reparar los tejidos. Sin embargo, cuando esa activación nunca termina, como sucede en muchas enfermedades inflamatorias o autoinmunes, esa energía deja de estar disponible para otras funciones. ¿Quién suele pagar primero ese precio? El cerebro. El cerebro y el sistema inmunitario son dos grandes supersistemas que requieren muchísima energía. Si el sistema inmunitario está utilizando constantemente esos recursos para mantener una respuesta inflamatoria, el cerebro empieza a funcionar con menos energía y aparecen problemas de memoria, niebla mental, baja energía, dificultad para mantener la atención o para estar plenamente presentes. Algo parecido ocurre con el sistema nervioso. Ante un estrés mantenido vivimos en un estado permanente de alerta. El sistema nervioso parasimpático queda desactivado y el nervio vago entra en hipofunción. Como consecuencia, llega menos información reguladora a órganos como el corazón, los pulmones, el intestino, el estómago, el hígado o los riñones, que también empiezan a funcionar por debajo de su capacidad óptima. Ese desequilibrio energético mantenido en el tiempo es una de las consecuencias más dañinas del estrés crónico.
EXPERIENCIAS VITALES
-¿Cuáles son las experiencias vitales que pueden dejar traumas más perseverantes y que se manifiesten de peor manera en nuestras emociones y en nuestro cuerpo?
-Existen experiencias que, evidentemente, tienen una mayor probabilidad de generar un trauma: una violación, abusos, maltrato físico o psicológico prolongado, un accidente grave, una enfermedad importante, una muerte inesperada, crecer con padres alcohólicos o en familias profundamente disfuncionales. Sin embargo, el trauma no depende únicamente de la intensidad objetiva de lo vivido. Hay personas que han sufrido violaciones o un maltrato infantil muy severo y han conseguido integrar esas experiencias y sanarlas desde el cuerpo. Y hay personas que pueden quedar profundamente traumatizadas tras la muerte de su gato. No depende tanto de lo que ha ocurrido como de cómo ese cuerpo ha podido regular e integrar esa experiencia. Un trauma es una experiencia no completada. Es una situación que sobrepasa la capacidad del sistema nervioso para regularse e integrarla, ya sea por la intensidad del acontecimiento o porque la persona no dispone de las herramientas emocionales, físicas o del entorno de seguridad necesarios para procesarla. Lo importante no es solo comprender intelectualmente lo que ha sucedido, sino cómo lo ha vivido el cuerpo. Cuando esa experiencia no puede integrarse, el organismo continúa interpretándola como un peligro y permanece en estado de alerta. Por eso no podemos afirmar que una determinada experiencia vaya a generar necesariamente un trauma. Lo determinante es cómo la ha regulado ese sistema nervioso, qué recursos tenía esa persona y qué apoyo emocional y regulatorio recibió durante ese proceso. Lo que sí sabemos es que cuanto más pequeño es un niño cuando vive una experiencia traumática, mayor es la probabilidad de desarrollar un trauma complejo y de que ese trauma deje una huella biológica más profunda, simplemente porque dispone de menos recursos para poder integrarlo.
EVIDENCIA CIENTÍFICA
-¿Qué nos dice hoy la evidencia científica sobre la relación entre trauma, emociones, estrés y salud física y mental?
-La evidencia científica es cada vez más grande y más abrumadora. Hoy sabemos que la clave no está únicamente en haber vivido un trauma, sino en si ese trauma ha podido integrarse o no. Y aquí es importante hacer una distinción. Poder comprender el trauma, explicar perfectamente qué ocurrió, por qué ocurrió o qué consecuencias ha tenido en nuestra vida no significa que el trauma esté sanado. Lo que realmente sana un trauma es que el cuerpo deje de vivir esa experiencia pasada como si siguiera ocurriendo en el presente. Eso es precisamente un trauma: un acontecimiento del pasado que el cuerpo continúa interpretando como una amenaza actual, ya sea de forma permanente o porque determinados desencadenantes vuelven a activar esa memoria. Cuando ese trauma se ha trabajado desde el cuerpo y se han regulado los ejes de estrés, los sistemas de alerta y la inflamación crónica que genera un trauma no resuelto, el impacto sobre la salud física, mental y emocional desaparece o disminuye de forma muy importante. Pero cuando el trauma no se resuelve desde el punto de vista biológico —y cuando hablamos de biología también hablamos del cuerpo— las consecuencias pueden manifestarse a muchos niveles. Hoy disponemos de herramientas científicamente validadas, como el cuestionario ACE (Adverse Childhood Experiences), que evalúa las experiencias adversas vividas durante la infancia. Incluye preguntas sobre situaciones como haber sufrido maltrato, abusos, tener padres con alcoholismo, crecer con un progenitor ausente o en prisión, o haber vivido otros acontecimientos potencialmente traumáticos. Sabemos que cuando una persona obtiene una puntuación superior a dos en este cuestionario ya empieza a acumular riesgo de desarrollar determinadas enfermedades. Esto no significa que quien haya vivido un trauma vaya a enfermar necesariamente. Lo que muestran los estudios es que, cuando esa experiencia no ha podido integrarse y el cuerpo continúa viviendo bajo ese estado de alerta, aumenta el riesgo de desarrollar determinadas patologías. Por ejemplo, aumenta la probabilidad de padecer enfermedades reumatológicas como fibromialgia, artritis, artrosis o dolores inespecíficos, e incluso enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide. También sabemos que una puntuación elevada en el test ACE incrementa de forma muy importante el riesgo de suicidio y que, a medida que aumentan esas puntuaciones, también aumenta la probabilidad de desarrollar enfermedades como el cáncer. Son probabilidades, son estadísticas, pero precisamente por eso merece la pena adelantarse y trabajar el trauma desde la biología del cuerpo, y no únicamente desde la mente. Para integrar un trauma normalmente hace falta una visión de 360 grados. No basta con trabajar la parte mental y emocional; también hay que abordar la parte corporal. Existen muchas técnicas centradas en la somática del trauma que ayudan a ello. Sin embargo, cuando el organismo lleva años viviendo bajo ese estado de alerta, a veces tampoco es suficiente. En esos casos también es necesario un apoyo biológico que ayude a restaurar aquellas vías metabólicas, fisiológicas y neurobiológicas que se han ido degradando con el tiempo como consecuencia del trauma.
LA HIPERTECNOLOGIZACIÓN
-¿La hipertecnologización de la sociedad agrava todos estos problemas y vivimos en una sociedad cada vez más estresada?
-Sí. La hipertecnologización está haciendo que cada vez estemos más desconectados de aquello que realmente regula nuestro organismo. Podemos relacionarnos continuamente a través de una pantalla, pero nuestro sistema no vive esa relación de la misma manera que el contacto humano presencial. La respuesta de regulación del sistema inmunitario, del sistema nervioso e incluso de nuestra microbiota no es la misma cuando existe contacto físico y una verdadera conexión con otras personas. El ser humano necesita sentirse parte de una tribu. Necesita una red emocional y social que le apoye, le sostenga, le escuche y le haga sentir que siempre hay alguien donde poder reposar. Esa sensación de seguridad modifica claramente los ejes de estrés y la inflamación. En cambio, la soledad —tanto la real como la soledad sentida— es profundamente inflamatoria, y hoy disponemos de numerosos estudios que lo demuestran. De hecho, durante la pandemia aparecieron muchas investigaciones que evidenciaron el enorme impacto que la soledad tiene sobre la salud. Vivimos, además, en una sociedad que apenas deja espacio para detenerse. Hemos perdido esos momentos de pausa, de corregulación con otras personas, de escuchar al cuerpo y responder a lo que realmente necesita. Vivimos de cara a la galería, intentando satisfacer las expectativas de los demás, haciendo lo que está de moda o lo que nos piden las redes sociales. Funcionamos constantemente desde el hacer, hacer y hacer. A todo ello se suma la búsqueda permanente de estímulos rápidos. Se ha demonizado mucho la dopamina, cuando en realidad el problema no es la dopamina, sino la dopamina rápida que proporcionan las redes sociales y la hipertecnología: estímulo tras estímulo, recompensa tras recompensa. Existe otra dopamina muy diferente, la que aparece cuando perseguimos un objetivo a largo plazo. Si una persona quiere estudiar una carrera durante cuatro años, necesita dopamina para mantener la motivación, el esfuerzo y la constancia hasta conseguirlo. Esa satisfacción final también depende de la dopamina, pero de una dopamina saludable, construida sobre el esfuerzo y no sobre la gratificación inmediata. Por todo ello, sí podemos decir que vivimos en una sociedad cada vez más estresada y que la hipertecnologización está contribuyendo a alejarnos de muchas de las necesidades biológicas que permiten al ser humano regular correctamente su organismo.
MANIFESTACIONES EN EDADES CADA VEZ MÁS TEMPRANAS
-¿Y se están manifestando cada vez a edades más tempranas?
-Sí. Cada vez se están manifestando a edades más tempranas porque cada vez estamos más desconectados de nuestra humanidad y de nuestras necesidades como especie. El ser humano es un ser social por naturaleza. Necesita la naturaleza para regularse: el sol, el color verde, el mar, el ejercicio físico, pasar frío, pasar calor… Todos estos estímulos que encontramos en la naturaleza cada vez están más lejos de nuestra forma de vivir y, como consecuencia, tenemos menos capacidad de regulación y menos capacidad de sentir que todo ello nos regula. Hay muchos niños que nunca han tenido la experiencia de pasar un día en la montaña, de hacer una excursión y tener que orientarse aprendiendo a leer un mapa, o de organizar juegos en tribu, coordinándose con otros niños, pactando y aprendiendo qué significa convivir en equilibrio con los demás. Todo esto hace que cada vez seamos una especie más mental y con mucha menos corporización de la que necesitamos. Sentimos mucho menos lo que el cuerpo nos pide para regularse y, precisamente por eso, entendemos cada vez menos el lenguaje de los síntomas. Nos estamos distanciando de nuestra programación biológica. Nuestra programación va acorde con la naturaleza. ¿Cuánta gente no se va a dormir a las tres o las cuatro de la madrugada pensando que duerme suficiente porque luego se levanta a las once? Eso supone una desconexión total de sus biorritmos y de sus necesidades biológicas. Aunque duerman las horas suficientes, su biología ya no funciona igual: trabajan con una melatonina más baja, el cortisol empieza a activarse antes de tiempo, el sistema inmunitario no regula igual, el cerebro no detoxifica igual y el organismo no repara igual. Estas desconexiones tan grandes entre lo que nuestra biología necesita, cuál es su programación y lo que realmente le estamos dando son las que están haciendo que cada vez enfermemos más, haya más estrés y tengamos menos capacidad para entender por qué nos pasa lo que nos pasa.
SOLUCIONES
-¿Qué soluciones propone usted?
-Creo que, en realidad, muchas de las soluciones ya quedan explicadas en todo lo anterior. Hay muchísimas más, pero, si hablamos de medidas inmediatas, la primera sería volver a conectar con lo que significa ser animales. Y no hablo, por supuesto, de la violencia. De hecho, si nos fijamos, los animales en general no son violentos, salvo cuando se sienten atacados o en peligro. Hablo de volver a sentir las necesidades del cuerpo. Volver a beber cuando realmente tenemos sed, comer cuando realmente tenemos hambre y conseguir que esa hambre y esa sed estén reguladas y sean señales que trabajen a favor de nuestra salud y no de la enfermedad. También recuperar el ejercicio físico y la exposición solar. Y no me refiero únicamente a tomar el sol —que debe hacerse en las condiciones adecuadas—, sino a que nuestros ojos reciban la luz solar. A través de ellos entra el estímulo que llega hasta la glándula pineal y permite producir melatonina cuando toca, además de regular los ritmos circadianos y muchos otros relojes biológicos internos. El ejercicio físico también es fundamental. Somos probablemente la especie más sedentaria que ha existido, cuando precisamente el movimiento es lo que nos ha convertido en la especie que somos hoy. Gran parte de la evolución humana se ha producido gracias a la necesidad de movernos, y toda nuestra biología se ha diseñado alrededor de ese movimiento. Sin embargo, hoy prácticamente lo hemos perdido. También necesitamos volver a exponernos a los estímulos de la naturaleza: el frío, el calor, incluso momentos de sed o de hambre. Son estímulos horméticos, estímulos intermitentes. Hemos perdido la intermitencia. Vivimos siempre a la misma temperatura porque ponemos el aire acondicionado o la calefacción y hemos dejado de experimentar esas sensaciones fisiológicas que ayudan al organismo a regularse. Hay personas que nunca tienen sed y, sin embargo, beben continuamente porque sienten la boca seca. Otras no beben en todo el día porque dicen que no tienen sed. Ninguna de las dos situaciones es normal. Necesitamos volver a esa intermitencia, al movimiento, al contacto con la naturaleza, a parar, a escuchar al cuerpo y a desconectarnos de la tecnología de vez en cuando para poder volver a entrar en el cuerpo. También necesitamos recuperar redes sociales sanas, una tribu sana. Son intervenciones que no cuestan dinero y que pueden tener un impacto enorme sobre nuestra salud. Y cuando esa salud ya se ha perdido y necesitamos restaurarla desde otro lugar, disponemos de muchas herramientas dentro de la medicina integrativa y la Psiconeuroinmunología, como las que utilizamos en nuestra clínica, que ayudan al organismo a recuperar su capacidad de regeneración y de sanación.
Pedro Burruezo





