
OPINIÓN/¿EL PAPA COME «BIO»?/Un artículo de Pablo Bolaño
9 de junio de 2026
VERDURAS Y FRUTAS/MUCHAS FAMILIAS OPTAN POR LA CONGELACIÓN/Buscando precios más asequibles
10 de junio de 2026 
ALIMENTACIÓN
NO QUIERO INSECTOS EN MI PLATO
Un artículo de Antonio Sánchez
El rechazo a comer insectos suele explicarse por motivos culturales, pero quizá haya algo más detrás. Un estudio internacional sugiere que los europeos podrían haber perdido hace miles de años parte de su capacidad biológica para aprovechar este tipo de alimento y que esa historia podría haber comenzado mucho antes de lo que se pensaba. Sin embargo, la industria sigue insistiendo. Ahora, quieren sustituir la leche de vaca por la de cucaracha.
La investigación citada, liderada por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF), revela que el consumo habitual de insectos fue escaso entre los humanos modernos de Europa y el norte de Eurasia, mientras que habría sido más frecuente en regiones tropicales y entre los neandertales. El trabajo, publicado en Science Advances, reconstruye el consumo de insectos desde hace entre 9.000 y más de 102.000 años mediante análisis genómicos y el estudio de restos conservados en el sarro dental.
HOMO SAPIENS
Los investigadores analizaron 745 muestras de cálculo dental procedentes de individuos de hasta 33.000 años de antigüedad. El sarro puede conservar restos de ADN de alimentos consumidos regularmente y permite reconstruir aspectos de la dieta de poblaciones desaparecidas. Los resultados indican que los Homo sapiens del norte de Eurasia apenas practicaban la entomofagia de forma habitual y que muchos de los insectos identificados habrían llegado de manera accidental, por agua o alimentos contaminados.Sin embargo, los neandertales mostraron una presencia mucho mayor de ADN de insectos.
MOSCAS Y MOSQUITOS
Los restos más abundantes encontrados en sus dientes correspondían a insectos como moscas y mosquitos, una situación que refuerza una hipótesis reciente: podrían haber consumido con frecuencia carne de animales cuyos cadáveres estaban infestados de larvas. “La abundancia de restos de mosquitos refuerza la posibilidad de que los cadáveres de sus presas permanecieran en charcas y zonas pantanosas, entornos idóneos en los que los insectos depositan sus huevos”, explica Pablo Librado, investigador principal del IBE y responsable del estudio.
LA HUELLA GENÉTICA
El equipo también estudió genes relacionados con la digestión de la quitina, un componente que forma el exoesqueleto de los insectos. En las poblaciones humanas del norte de Eurasia detectaron mutaciones asociadas con una menor capacidad para digerir insectos, una característica que se habría mantenido durante al menos 9.000 años. “La escasa presencia de insectos en la dieta del norte de Eurasia sugiere que la ausencia de entomofagia no responde únicamente a recientes factores culturales, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva”, comenta Librado.
ENZIMAS DIGESTIVAS
Por el contrario, las poblaciones próximas a regiones tropicales mostraron variantes genéticas asociadas a una mayor producción de enzimas digestivas para procesar insectos. “Es necesario ingerir grandes cantidades de insectos para compensar el elevado gasto calórico que implica su recolección. En el trópico hay una mayor disponibilidad de insectos sociales, como termitas y hormigas”, explica Manuel Piñero, primer autor del trabajo.
¿ALTERNATIVA SOSTENIBLE?
Con el aumento de la población mundial y la búsqueda de alimentos más sostenibles, organismos internacionales han planteado los insectos comestibles como una alternativa alimentaria. Actualmente existen más de 1.600 especies catalogadas como aptas para el consumo humano, aunque las sociedades occidentales siguen mostrando una fuerte resistencia. Los investigadores señalan que el procesado industrial podría superar parte de estas limitaciones biológicas, ya que permite aprovechar las propiedades nutritivas de los insectos sin necesidad de digerir completamente componentes como la quitina. Pero una buena parte de la población se niega a consumir insectos, sea en la forma que sea. ¿Es de verdad una forma de alimentación más sostenible? Yo, por ejemplo, no quiero consumir leche de cucaracha, que está al llegar a los mercados. No sólo rechazo el consumo de insectos por algo cultural. Es que, además, ni me parece ni más sostenible, ni más sano, ni más justo.
EN LA UE
En la UE, solo algunos insectos (como el grillo doméstico, el tenebrio y el gusano de la harina) están autorizados para consumo humano desde 2023. El proceso de evaluación es riguroso y costoso. Para su introducción en el mercado, se requieren estudios exhaustivos sobre alergenicidad, toxicidad y posibles contaminantes (ej.: metales pesados en insectos criados en sustratos no controlados). Muchas empresas promueven los insectos como "superalimento" sin proporcionar datos independientes que respalden sus afirmaciones. Algunas marcas exageran los beneficios ambientales sin comparaciones claras con otras proteínas alternativas (ej.: legumbres, algas o proteínas de laboratorio).
AFÁN DE LUCRO
El interés de la industria está más enfocado en el lucro que en la solución de problemas globales como el hambre o el cambio climático. Además, no hay evidencia científica que respalde las aseveraciones de los promotores de la entomofagia. Aunque hay investigaciones que respaldan su valor nutricional y sostenibilidad, faltan metaanálisis a largo plazo sobre su impacto en la salud humana (ej.: digestibilidad, absorción de nutrientes, efectos en la microbiota intestinal). Por otro lado, no todos los insectos son igual de nutritivos o sostenibles. Por ejemplo, la cría de hormigas puede tener un impacto ambiental distinto a la de los grillos. Las empresas emergentes en este sector suelen tener menos recursos que las multinacionales de la carne o los lácteos para financiar estudios independientes. Y, por tanto, no hay pruebas conducentes de su presunta y flagrante “sostenibilidad”. Muchas startups se centran en escalar producción y llegar al mercado antes que en generar evidencia científica robusta y consenso social. Por si todo ello fuera poco, no hay protocolos universales para medir la sostenibilidad o el valor nutricional de los insectos, lo que dificulta las comparaciones con otros alimentos. La información es escasa y muy manipulada.
OTRAS SOLUCIONES
El consumo de insectos no es la única solución para una alimentación sostenible. Otras opciones incluyen:
- Proteínas vegetales: Legumbres, seitán, tofu o tempeh
- Algas y microalgas: Rico en proteínas y omega-3, con bajo impacto ambiental
- Reducción del desperdicio alimentario: El 30% de los alimentos producidos se desperdicia globalmente
- Cambiar drásticamente el sistema agroalimentario global. Consumir menos proteína animal pero que sea de calidad y procedente de granjas agroecológicas locales y, a poder ser, en extensivo.
LO QUE NOS DICE LA CIENCIA
Ahora, la ciencia da de nuevo la razón a la ciudadanía. Si no queremos consumir insectos no es sólo por una cuestión cultural y/o porque nos da asco comer grillos, cucarachas o moscas. Es algo más. No estamos preparados evolutivamente para ello. Pero la industria seguirá insistiendo. Quieren producir pseudoalimentos al más bajo precio posible. Conmigo que no cuenten… A mí no me van a vender su moto tan fácilmente…
Antonio Sánchez

