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LA ALIMENTACIÓN DEL AMOR
SEGUNDA PARTE
Lo que nadie te enseñará ni en una escuela agraria ni en una escuela gastronómica o de hostelería
Pedro Burruezo ya nos brindó recientemente un artículo con unas cuantas claves sobre lo que debería ser la alimentación del amor… Ahora, vuelve a la carga de nuevo y completa lo que ya escribió…
Comer es una necesidad. Pero comer de forma consciente es un arte…
Le Rochefoucauld
La frase la llevo escuchando durante décadas… “Quedamos a tal hora, comemos lo que sea y luego bla, bla, bla…”. Comer “cualquier cosa”. De eso se trata. De saciar el apetito. Esa es la principal aspiración de la infinita mayoría de los ciudadanos y ciudadanas hoy en el mundo. Satisfacer las necesidades primarias y poco más. Comer, defecar, follar (o consumir porno, que es lo más habitual), que no duela nada (si es posible)… Poco más. Estamos en la era de los muertos vivientes. Zombies. O, en palabras de Manuel Molina (Lole y Manuel), de “muertos verticales”. Se come lo que sea y aire. A seguir batallando en la jungla. No hay muchas más ambiciones. Lo justo. En el terreno de lo material, los anhelos son muchos, sí. Pero, en el campo de lo emocional y sus satélites, la gente se conforma con lo básico. Y, si hay suerte y gana La Roja, todos contentos. La parte del porcentaje del salario que se dedica a la alimentación es cada vez menor. En primer lugar, porque los precios de la vivienda están por las nubes. Pero no podemos olvidar que, efectivamente, la alimentación ha dejado de ser algo importante, trascendente, para una gran parte de la población. Mientras llene el estómago, bien venido sea… Da igual si es basura saturada de químicos, de grasas hidrogenadas, de colorantes, de azúcares… Total… De algo hay que morirse… Yo no tendría nada en contra si no fuera por… por las consecuencias… Dime lo que comes y te diré lo que eres. Y te diré, también, de qué enfermas…
SIN OBSESIONES
Las obsesiones no son buenas. A mí la alimentación no me obsesiona. Simplemente, procuro que sea la correcta. Si un día, por lo que sea, tengo que comer “cualquier cosa” en un aeropuerto o algo así, no pasa nada. Pero, en general, busco que mi alimentación sea: lo más propia posible (de mi huerto, de mi gallinero, de mi yogurtera…), lo más ecológica (alimentos “bio” certificados) posible, lo más local (lo más cercana), equilibrada, mediterránea, de pequeños productores (cuando no es mía), también con productos silvestres, cocinada en los fogones familiares y con el máximo amor posible. No se trata de elucubrar en la cocina al estilo de los grandes chefs. Tampoco se trata de amanerar las cosas. Bastante amaneramientos hay ya en el Fin de los Tiempos. En la despensa, sabor de la tierra (o del mar), salud y seguridad. Y el tiempo necesario para cada cosa. ¿Rapidez? ¿Por qué? ¿Inmediatez? Para eso, con las redes sociales ya es bastante. Dopamina, sí, pero bien administrada.
LA SABIDURÍA TRADICIONAL
Ojo: la palabra “tradicional” no está utilizada aquí en su acepción de “costumbrista”. Sino en un sentido espiritual. Es decir, vinculada a las tradiciones espirituales. Pues eso… Sí. Es una pena. La sabiduría tradicional ha sido relegada de lo nutricional, de lo gastronómico, de lo alimentario y de lo campesino. En las escuelas agrarias y en las escuelas de hostelería y afines nunca te hablarán de ciertas cosas. Porque no las conocen. El poder transformador del alimento, su alquimia más esencial, brilla por su ausencia en el conocimiento moderno y en los planes de estudios de cualquier centro docente. Bueno, más que brillar por su ausencia, lo que ocurre es que la Modernidad lo ha desterrado. Y con ello se ha perdido mucho. Se ha perdido la oportunidad de convertir algo necesario, la alimentación, en una vía de compromiso con el más allá.
MASARU EMOTO
Masaru Emoto fue un investigador japonés cuyas fotografías de cristales de agua han hecho que dejemos de percibir una gota como simples moléculas de H2O. Nació en 1943 en Yokohama. En 1992 obtuvo un doctorado en Medicina Alternativa por la Universidad Internacional Abierta. Su enfoque no es estrictamente científico. Sino más bien integral. Y abre el camino a nuevas posibilidades en cuanto a las diferentes formas de entender el agua. Durante su trabajo averiguó que el agua está estrechamente vinculada con la conciencia de las personas o los grupos y que también es extremadamente sensible a otras vibraciones e información, como por ejemplo la música o las palabras. El agua es también un alimento. Y los alimentos están formados de agua en gran medida. Y cocinamos con agua. No es que Masaru Emoto fuera un monje zen nipón capaz de llegar a las verdades más sutiles del universo gracias a su don para la observación. Era un científico, simplemente. Pero un científico con los ojos puestos en una realidad suprasensible que desconocen la mayoría de científicos de nuestra era. Efectivamente, la actitud de nuestros corazones, nuestra capacidad para la compasión, nuestras acciones, nuestras oraciones… pueden modificar aquello que nos envuelve.
ECOLOGÍA PROFUNDA
La ecología profunda es una forma de percibir el mundo que bebe, al mismo tiempo, de las fuentes científicas modernas y de las esencias tradicionales más abisales. En este aspecto, desde esa perspectiva, el alimento más sano, sabroso y seguro no es otro que el alimento ecológico. Mejor si procede de la agricultura casera y/o local. Pero eso no basta. No es suficiente para que sea un alimento sanador, en lo físico y en lo psíquico y en lo espiritual. Necesita algo más. Las diferentes tradiciones espirituales nos han indicado que, en lo que respecta a nuestros actos, sean los que sean, lo importante es la voluntad que se tiene al llevarlos a cabo. En ese sentido, está claro: el/la que cultiva con dulzura; el/la que cría ganado con ternura; el/la que cocina con cariño; el/la que recoge y reparte con solidaridad… están provocando que el alimento en cuestión se modifique, se transforme, se cristalice de una forma capaz de sanar… De la misma manera que el agua cristalizaba de una forma más bella cuando había sido expuesta a cánticos espirituales, también el alimento que procede de corazones luminosos es capaz de modificar las entrañas del que lo consume. No en vano, en la antigua India, por ejemplo, el que cocinaba (para la familia y/o para la vecindad) tenía la alta consideración de un místico. No en vano, insistimos, los antiguos ascetas preferían alimentarse sólo de aquellos alimentos que procedían de la sadaqa, de la limosna, porque eran fruto de la compasión y de la misericordia. Más aún: si no puedes cultivar, no puedes cocinar, no recibes tus alimentos de los vecinos piadosos… siempre podrás bendecir el alimento (antes de tomarlo) y dar las gracias por él (una vez consumido), costumbres estas que, poco a poco, van desapareciendo de los hogares, con la excepción de aquellos espacios donde la tradición se muestra, todavía, manifiestamente viva y resiliente.
“LA COCINA SAGRADA”
Ten cuidado… No hace falta que acudas a un retiro en un resort de lujo para que un falso gurú te enseñe “la cocina sagrada” por 2.000 pavos el fin de semana. La cocina sagrada era la de la abuela que ponía todo su corazón en dar de comer a sus nietecillos, aunque fuera de la manera más humilde. La cocina sagrada es la invitación a compartir el plato del que lo ha perdido todo y comparte lo poco que le queda. La cocina sagrada es, sobre todo, lo que entrega aquel que ama lo que da: es decir, el que se deshace de aquello que estima. Además, conviene no olvidar que un pan miserable, industrial, seboso, puede transformarse en un alimento alquímico cuando un ayunante lo regala (ese pan era lo único que tenía para romper su ayuno). Los antiguos hombres y mujeres del sometimiento a lo divino comían muy poco y repartían mucho. A lo largo de la historia, hombres y mujeres místicos han transformado la relación con los alimentos mediante el ayuno radical, la abstinencia o la consagración de la comida como vía de unión divina y purificación espiritual. En la mística cristiana, existen casos documentados de personas que suspendieron la ingesta de alimentos ordinarios durante años, sobreviviendo exclusivamente de la Eucaristía. Marthe Robin vivió más de 50 años comiendo sólo la hostia consagrada. Teresa Neumann afirmó no haber consumido comida durante más de 35 años, manteniendo su peso y estado físico solo con la comunión diaria. Alejandrina da Costa vivió en ayuno total de alimentos sólidos durante 13 años, consumiendo únicamente la Eucaristía. Catalina de Siena destacó por una vida de severa penitencia donde su sustento principal era la comunión espiritual y sacramental. Quizás no sea necesario llegar a esos extremos. No están los tiempos de Kali Yuga para avistamientos extraordinarios ni éxtasis trascendentes. Bastaría volver a tener una actitud de agradecimiento con el alimento. Sería sencillo regresar a una alimentación humilde pero profunda. Sería maravilloso si el consumidor “bio”, más que “consumidor”, se convirtiera en “transformador”. Si siempre hubiera un plato servido en nuestra mesa para el pobre… eso sería inigualable. Y si el menú servido fuera ecológico, tradicional y hecho con amor… la recompensa espiritual no sería sólo increíble para el recibidor, sino, y especialmente, para el dador. El proceso de extirpación del alma de la alimentación es un paso más en el camino del alineamiento del ser humano, de la Humanidad, con lo más bajo. El que quiera entender… que entienda. Por ello, el regreso a la alimentación del Amor es la batalla pacífica que podemos ejercer contra las fuerzas perturbadoras que, desde hace unos siglos, asolan al ser humano en la senda de la deshumanización del orbe. Se impone la restauración…
Pedro Burruezo





